
Es sabido que cuando abordas a un ser humano apelando a sus recuerdos y rozando la fibra de sus emociones, lo que sobreviene, si no es un mutis, es un arranque frenético de narraciones. Las palabras no se miden y el tono se une a los silencios alternados —universales, según Darwin— para hacer surgir un vívido mosaico de experiencias. Muchas veces horribles. Otras alegres, aunque siempre decisivas. Un fenómeno curioso parecido a la literatura, o quizás literatura en bruto lista para ser pulida.
La autora de la que hablamos ganó el Premio Nobel del 2015, un galardón muy cuestionado hoy en día. Es periodista y escritora heredera de esa clase de creadores como el García Márquez de Relato de un náufrago y el Hemingway de Por quién doblan las campanas, que supieron dar sus propios pasos mezclando la no ficción con los mecanismos que caracterizan a la escritura de ficción; una simbiosis entre recursos y figuras, vinculadas con los materiales de la realidad a disposición.









