
Hace unos cinco años, en una clase de un día normal en el Diplomado de Edición y Publicaciones de una Universidad en el centro de Santiago, el director de Penguin Random House —del mismo linaje del hombre que trajo el Mundial del 62 a Chile— se refirió a la Editorial Anagrama como una “editorial literaria”, con cierto aire despectivo pero anunciando una verdad que demostraría.
Las clases eran sobre la industria editorial y mostraban ese lado frecuentemente ignorado de un negocio que, a pesar de basarse en libros y una concepción humanista de la vida, debe sostenerse. Con tablas y gráficos, ironías y ejemplos, enseñaba cómo las editoriales deben sobrevivir.
En ese contexto hablaba de la editorial con sede en Barcelona como un ejemplo de generador de publicaciones que no eran para el “gran público” pero que se mantenía por sus lectores con un perfil marcado. Por supuesto, su grupo editorial no tenía ni tiene ningún problema de dinero ni de plan de marketing porque sus libros, muchos best sellers, siempre estaban y están en los rankings. Así que sabía de lo que hablaba.









