Los narradores, esa voz cantante

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Los distintos tipos de narradores son una de aquellas materias que en la escuela son impartidas de forma burda y que muchas veces quitan el gusto por la disciplina. A menudo se tratan con tecnicismos que aburren a los alumnos, oscureciendo su importancia y significado.

Pero los narradores en la literatura tienen mucho fondo. Por eso vale la pena explorarlos en su magnitud y detectar cuáles son nuestros favoritos a la hora de aproximarnos a la lectura, o bien al momento de aplicarlos a la escritura de un texto.

Si leemos atentamente y en un lugar idóneo para ello se activan zonas específicas de nuestro cerebro que tienen que ver con las emociones, nuestra forma de razonar y por supuesto con la capacidad de identificarnos con lo que estamos leyendo. Al escribir también, claro está.

Estos son solo algunos de los fundamentos por los cuales la elección del narrador es una decisión no menor a la hora de elegir qué leer o, derechamente, a la hora de embarcarse en un proyecto creativo. Ahora veremos los que consideramos más significativos y algunos ejemplos a modo de recomendaciones.

Narrador omnisciente

¿El narrador más conocido? Ese que suena tan platónico y divino… sí, el omnisciente. Para la RAE, la omnisciencia es una cualidad, “el conocimiento de todas las cosas”. Cuando leemos a este narrador, nos asombramos de que conoce el actuar del protagonista, pero también del antagonista y de personajes secundarios. Y no solo los hechos que se desencadenan; también las motivaciones, las vacilaciones y los sentimientos de sus personajes. Incluso el “parte metereológico” con el que Vicente Marco recomienda no comenzar una historia.

Este narrador fue llevado al extremo por el Miguel de Unamuno, de la generación del 98, en Niebla. Tanto así que tomó de la mano a su protagonista Augusto Pérez para ir a visitarse a sí mismo en la Universidad de Salamanca, fundiendo su figura con la del narrador y provocando una revolución en la literatura en español.

También existen novelas contemporáneas cuyos autores eligieron usar este tipo de narrador, como Seda de Baricco, su obra más conocida y en donde el italiano vierte toda su poética utilizando el narrador omnisciente al dar voz a sus personajes entrecomillando sus discursos. También en Tengo miedo torero del chileno Pedro Lemebel tenemos un narrador omnisciente que además adopta una manía barroca en cada detalle de lo que está sucediendo.

—¿Cómo es África? —le preguntaban.
—Cansa.

Tenía una gran casa en las afueras del pueblo y un pequeño taller en el centro, justo enfrente de la casa abandonada de Jean Berbeck.

Jean Berbeck había decidido un día que no hablaría nunca más. Mantuvo su promesa. Su mujer y sus dos hijas lo abandonaron. Él murió. Nadie quiso su casa, así que ahora era una casa abandonada.

De “Seda”

Narrador protagonista o en primera persona

Este es el tipo de narrador que narra en primera persona y que solamente conoce lo que le ocurre a él. Todas sus consideraciones sobre el exterior, como pasa en la vida, pasan por su interpretación de los hechos. Su narración está sumida en subjetividad…

Sin embargo, esto entrega una ventaja al lector: empatía, sentirse identificado con quien nos está contando la historia. Es lo que pasa a muchos con Sal Paradise de En el camino de Jack Kerouac, cuando lo vemos moviéndose por la Ruta 66 y venerando a su amigo Dean Moriarty, el big boss de toda la generación beat y el motor de su narración.

Con la aparición de Dean Moriarty comenzó la parte de mi vida que podría llamarse mi vida en la carretera.

De En el camino

Un ejemplo más es Viaje al fin de la noche de Céline, otra de esas novelas autobiográficas que vale la pena leer para saber hasta qué punto nos podemos identificar con un protagonista absolutamente pesimista, incluso a veces reflejo del carácter odioso y hasta racista del escritor francés.

Os lo digo, infelices, jodidos de la vida, vencidos, desollados, siempre empapados de sudor; os lo advierto: cuando los grandes de este mundo empiezan a amaros es porque van a convertiros en carne de cañón.

De Viaje al fin de la noche

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Louis-Ferdinand Céline y su rostro de pocos amigos

Narrador en segunda persona

Cartas a un joven poeta de Rilke es uno de los ejemplos claros de este tipo de narrador en una literatura generalmente epistolar.

Y si usted estuviera encerrado en una prisión, y sus muros no dejaran llegar a sus sentidos ningún rumor venido de fuera, ¿no seguiría teniendo su infancia, esa riqueza deliciosa y regia, ese lugar mágico de los recuerdos?

De Cartas a un joven poeta

Esto dice el autor en una de esas misivas, implicando y apelando a otro usando un tono de mentor, aunque al unísono llamándose a la atención a sí mismo. Una actitud que en este tipo de libros siempre sorprende.

Otro ejemplo paradigmático de la maestría en el uso de este narrador es parte de la obra de David Foster Wallace, quien frecuentemente tomaba un poco del omnisciente, del narrador testigo y hacía magia. El estadounidense contaba con una manera cercana y directa, y nada más sincero que usar el “tú” y el “tu” (con tilde y sin) una y otra vez.

Tu voz es llena y rasposa y se mueve entre octavas sin previo aviso. Tu cara empieza a brillar cuando no te la lavas. Y dos semanas de dolor profundo y temible la pasada primavera hicieron que algo se te descolgara desde dentro.

De En lo alto para siempre

Paroxismo y simbiosis

Desde luego, esto es literatura y experimentación: también se puede llevar al paroxismo uno de estos narradores o mezclarlos.

En el paroxismo —usado con carácter y oficio— tenemos a William Faulkner con El ruido y la furia, una obra polifónica que tiene cuatro puntos de vista, es decir, cuatro distintos (y hasta un quinto en segunda persona) en una historia ambientada en Jefferson, un pueblo imaginario del también imaginario condado de Yoknapatawpha en el sur de Estados Unidos.

En la narración se utiliza la técnica de la corriente de la conciencia para entregar sobre los hechos distintas visiones, una técnica que hoy en día se utiliza en el cine y que Faulkner explotó a cabalidad. Ahí es nada: esto lo hizo merecedor del Premio Nobel de 1949.

El hombre la suma de sus experiencias climáticas, dijo Padre. El hombre la suma de lo que te dé la gana. Un problema de propiedades impuras tediosamente arrastrado hacia una inmutable nada: jaque mate de polvo y deseo.

De El ruido y la furia

Una relación cercana de amigos entre el narrador omnisciente, el protagonista y el de segunda persona se lleva a cabo con maestría en La conjura de los necios de Kennedy Toole, algo que resulta meritorio y luego curioso al descubrir que el autor no pudo ver su obra publicada en vida.

Aquí el estilo sarcástico del narrador omnisciente produce una simbiosis con la escritura de los cuadernos Gran Jefe, en los cuales Ignatius Reilly, su protagonista inolvidable, vierte el mundo ideal que quiere construir, pero también con las cartas que este escribe a Myrna, su compañera.

Como podemos ver, los narradores han sido una de las piedras de tope en la historia de la literatura y una de las tantas cosas importantes en las que pensar a la hora de ponerse a escribir.

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