
Hace unos años, conocí una persona que decía terminar todo lo que empezaba: trabajos, hasta que la despidieran (nunca renunciar), relaciones, hasta que le dieran fin por ella (nunca romper por iniciativa propia), comida, hasta que no quedara nada en el plato. Ni siquiera el acto de terminar cada una de sus lecturas escapaba de este ideal que para ella era supremo.
No importaba si solo había leído el título en la portada y portadilla —aquella primera página que repite el título después de una hoja en blanco— o el texto de contratapa; daba igual si su primera aproximación solo había sido en términos de diseño. Ella debía empezar el libro que había terminado aunque en opinión de otros era una pérdida de tiempo lamentable.
“¿Y si mejora justo al final?”, me decía acongojada, defendiendo su punto. “Si mejorara al final y tomara la decisión de dejarlo, nunca me enteraría”. De cierta forma tenía razón y me estremecía pensar que se preguntaba lo mismo con cada comida y cada relación laboral o sentimental. Pero debía pagar un precio altísimo de esa pecunia moderna que llamamos tiempo.




