El mito del lugar ideal para leer

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“Retrato de Baudelaire”, 1848, Gustave Courbet

¿Es tu casa el mejor lugar para leer? ¿O acaso tu sitio preferido es un parque o una playa? ¿Quizás nada de eso, sino que un autobús repleto de gente?

Sean libros físicos o eBooks, ficción o no ficción, hoy en día, y tal cual en épocas pasadas, uno de los aspectos fundamentales al leer es elegir el sitio en donde se llevará a cabo la tarea. Es algo transversal a esta vida rápida y a aquella en la Antigua Grecia en que los filósofos y poetas se paseaban por la polis buscando un buen lugar para iniciar una lectura.

La reivindicación de la mujer a través de la literatura

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Siendo mujeres, el 8 de marzo es una fecha que no pasa desapercibida para ninguna de nosotras. Sobre todo si creemos en la reivindicación de la mujer a través de la literatura y menos actualmente, donde estamos cada vez más empoderadas. En este día se llevarán a cabo diversas celebraciones y/o conmemoraciones, que van desde paros nacionales en ciudades europeas o marchas multitudinarias que se desarrollarán por las arterias céntricas de distintas ciudades hasta congregaciones de grupos musicales en los municipios donde las dueñas de casa son las protagonistas.

Más allá del término y de lo que se haga, la verdad es que históricamente este día no debiese ser celebrado, sino que conmemorado, puesto que la ONU lo declaró día internacional institucionalizado debido a las luchas que ha tenido que enfrentar el género para darse cabida en la sociedad y generar igualdad de condiciones.

Las mujeres del libro también paramos porque somos conscientes de nuestra verdadera estatura, como dice Dickinson. Pese a esta contextualización, no quiero fijarme netamente del rol de la mujer en la sociedad porque hay varias reflexiones circulando en la red en torno a esta temática. Lo que quiero mostrarles es la forma en que la mujer ha sido reivindicada (o no) a través de la literatura.

La ubicuidad del frailecillo: Nuestra presencia en España y Latinoamérica

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El frailecillo es el ave protagonista de nuestro logo. Originaria del Atlántico y de lugares como Islandia o Groenlandia, el frailecillo se adentra en el mar durante los meses fríos y vuelve a tierra en los albores de la primavera. Dos meses después de haber salido a la luz, los polluelos se aventuran al misterio del océano y no regresan al lugar donde nacieron durante años.

Elegimos a esta simpática ave para simbolizar una cruzada inspirada en lo ubicuo de su naturaleza al querer estar en varios lugares a la vez. Nuestra intención, como la del frailecillo, es volar de aquí para allá —a veces literalmente— para lograr una confluencia entre las motivaciones artísticas y creativas de autores españoles y latinoamericanos, quienes históricamente se han relacionado por medio del poder de las letras.

Dejar un libro a la mitad: ¿Atrevimiento o sensatez?

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Hace unos años, conocí una persona que decía terminar todo lo que empezaba: trabajos, hasta que la despidieran (nunca renunciar), relaciones, hasta que le dieran fin por ella (nunca romper por iniciativa propia), comida, hasta que no quedara nada en el plato. Ni siquiera el acto de terminar cada una de sus lecturas escapaba de este ideal que para ella era supremo.

No importaba si solo había leído el título en la portada y portadilla —aquella primera página que repite el título después de una hoja en blanco— o el texto de contratapa; daba igual si su primera aproximación solo había sido en términos de diseño. Ella debía empezar el libro que había terminado aunque en opinión de otros era una pérdida de tiempo lamentable.

“¿Y si mejora justo al final?”, me decía acongojada, defendiendo su punto. “Si mejorara al final y tomara la decisión de dejarlo, nunca me enteraría”. De cierta forma tenía razón y me estremecía pensar que se preguntaba lo mismo con cada comida y cada relación laboral o sentimental. Pero debía pagar un precio altísimo de esa pecunia moderna que llamamos tiempo.

El arte de dar título a un libro

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El mundo de los títulos es sorprendente y diverso: los hay largos, como esa novela de Gabriel García Márquez llamada La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1977), cuya adaptación al cine por suerte lo simplificó y lo dejó en Eréndira.

Y también los hay muy, muy largos, como el Libro del muy esforçado e inuencible Cauallero de la Fortuna propiamete llamado don claribalte q segu su verdadera interpretaciõ quiere dezir don Felix o bienauenturado nueuamete imprimido e venido aesta lengua castellana, el qual procede por nueuo e galan estilo de habla, de Fernández de Oviedo, militar español del siglo XV que dejó en herencia este título excesivo.

En el otro bando, algunos prefieren lo conciso, como el inglés Ian McEwan con títulos como Amsterdam (1998), Expiación (2001) o Sábado (2005), todos libros editados por Anagrama que hacen parecer a la recopilación de relatos del mismo autor, Primer amor, últimos ritos (1996), como un título realmente largo.

Ficción y no ficción, un mundo de posibilidades

ficción y no ficción

¿Cuándo fue el primer momento en que pudimos hacer una distinción entre ficción y no ficción? Más allá de la diferenciación que se hace si hablamos de textos o libros, cuando niños imaginamos cosas e inventamos juegos en que teníamos superpoderes y lográbamos volar y correr a la velocidad de la luz. Eso era ficción, es decir, ocurrencias producidas a partir de la imaginación.

¿Qué eran, en cambio, esos papelógrafos gigantes con letras impresas y fotos armónicamente diagramadas que leían nuestros padres con tanto ahínco? Periódicos, es decir, depósitos de no ficción. Reportajes, crónicas y sobre todo noticias, idealmente (y decimos “idealmente” porque sabemos “cómo funcionan las cosas”) fundadas en la realidad que tenían y tienen la finalidad de informar objetivamente sobre un suceso en concreto.

¿La historia de vida que nos contaba la abuela, aquella en que conoció al abuelo y luego tuvo a nuestra madre? No ficción. ¿Y el texto en el que se basa la obra de teatro que nos obligaron a ir a ver en la escuela? Ficción.