«Yo soy inmenso, contengo multitudes»: Los registros de habla y la escritura creativa

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El poeta Walt Whitman escribió alguna vez en su «Canto a mí mismo»: «Do I contradict myself? Very well, then I contradict myself, I am large, I contain multitudes«. A pesar de su aparente simplicidad, esos versos que dicen «Y soy inmenso, contengo multitudes» pasaron a la historia de la literatura y con el tiempo han identificado a lectores de todo el mundo que se han hecho asiduos a este escritor.

Antes, en Dead Poets Society (1987) con Robin Williams aclamado con el «O Captain! My Captain!«, y después, más de veinte años después, con Gale Boetticher, uno de los personajes de Breaking Bad (2008), quien logra que comparta pantalla, argumento y hasta iniciales con Walter White, gracias a que le regala el libro Hojas de hierba (1855), el escritor estadounidense ha formado y forma ya parte de la cultura popular.

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Con todo, ¿qué intentaba transmitir con esto el estadounidense en ese poema con un título tan pomposo? ¿Por qué sus palabras esconden tanto y nos pueden ayudar a comprender otro tipo de realidades?

Naturalmente, sus palabras pueden interpretarse de muchas formas, pero al mismo tiempo son un buen punto de partida para extrapolar y entender cómo los registros de habla afectan nuestra forma de escribir. Por mucho que exista el ideal de que somos íntegros y nos comportamos de la misma forma en todas las situaciones, esto es prácticamente imposible.

Afortunadamente —según Aristóteles— o lamentablemente —diría el filósofo Henry David Thoreau— vivimos en una sociedad y, como seres sociales que somos, cumplimos códigos. Uno de estos es el lenguaje.

Lo formal, lo informal, lo «normal»

Cambiamos nuestra forma de comunicarnos y de hablar dependiendo del contexto. Si por ejemplo vamos a hablar con algún profesor en una sala de clases, un médico en la consulta o nuestro jefe, lo que usamos es el lenguaje formal, mucho menos espontáneo y más razonado, cuidando de no cometer errores y de que no se nos malentienda.

Por otro lado, el lenguaje informal supone más cercanía y, por lo tanto, una actitud más relajada y espontánea. Cuando hablamos con nuestros amigos más cercanos o nuestra pareja no necesitamos «aprisionar» nuestro código y damos rienda suelta a nuestra lengua vernácula, aquella con la que más nos identificamos. Decimos garabatos (tacos, malas palabras), usamos expresiones vulgares, abusamos de las muletillas.

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Dr House, uno que rompía un poco los códigos

Esto es parte de nuestra vida diaria y también del comportamiento de las culturas. Esta forma de ser formal lleva a que personas de algunos países utilicen el «usted» con frecuencia, como en Colombia o Bolivia, o no, como sucede en España, donde la formalidad continúa aunque a menudo nos tratemos de «tú» (o tutearse). Habría que preguntarse por qué es así dependiendo del país, pero si revisamos un poco la historia de estos ya tenemos la respuesta.

Por supuesto, puede suceder que alguien no sepa o no pueda adecuarse a los códigos, lo cual resulta valiente y al mismo tiempo curioso. Como aquel chico de Santiago de Chile que viene al recuerdo y que, conocido por sus compañeros como Volao’ (Colocao’ en España), hizo una disertación sobre tal o cual escritor frente a su curso exponiendo: «Bueno, al hueón le gustaba mucho escribir hueás y mandó a la chucha a los que no estaban de acuerdo».

Ojalá fuéramos siempre así de espontáneos.

Lenguaje oral y escrito

Históricamente, la escritura ha estado ligada a lo formal, ya que hasta hace relativamente poco las tasas de alfabetización eran bajas. Cartas, solicitudes, modelos, formularios, documentos del Estado o de privados, todos estos soportes requieren de un registro formal, a veces excesivo, molesto.

Pero los tiempos han cambiado. Con el chat o mensajería instantánea, la escritura no es en exclusivo el campo de lo formal. De hecho, entre más confianza, aunque haya lejanía física, tendemos a poner menos atención en nuestras palabras cuando escribimos. Y ahí surgen las abreviaturas, los problemas ortográficos y otros vicios.

Por otro lado, el habla siempre ha estado ligado a lo informal, ya que hablar y comunicarnos es una acción que hacemos día a día. Frases cortas, menos cautela con la sintaxis y muchas, muchas expresiones coloquiales.

¿Cómo escribir entonces?

Con esto, queda preguntarse: si soy inmenso y contengo multitudes, ¿cómo escribir entonces? Esto, como todo, depende de escuelas. En algunos talleres de escritura creativa los consejos serán que escribas lo más racionalmente posible, es decir, pensando cada palabra, cuidando el orden, haciendo una arquitectura, casi editando, es decir, utilizando la parte lógica de tu cerebro. En otros, el consejo será simple: baja el brillo de la pantalla al máximo y escribe como si le hablaras a un amigo. No te leas hasta haber arrojado todo.

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Hay distintos tipos de escritores y cada uno elige dónde está. Existen autores, como William Faulkner o Jorge Luis Borges, cuyo estilo menos espontáneo salta a la vista. Pero hay otro tipo de literatura, como la del argentino Roberto Arlt, la del español Ray Loriga o la del dominicano Junot Díaz, donde el lenguaje informal es fundamental.

«Al muy tonto nunca le molestó que lo jodiéramos de ese modo. Se quedaba sentado allí, como si na, con una sonrisa de confusión en la cara. Como para hacer a cualquier bróder sentirse mal. Un par de veces, después que los otros se fueron, le dije, Sabes que estábamos bromeando nama, ¿eh, Wao? Lo sé, contestó, cansado. Tó tá, dije, golpeándole con fuerza el hombro. Tá tó.»

Y precisamente ahí está la gracia. No hay una respuesta correcta a esta incógnita. Todo depende del estilo que cada escritor quiera cultivar y, finalmente, de cómo le salga. Nuestro consejo es que, además de práctica y dedicación, para escribir un conjunto de cuentos o una novela hay que tener claro que no hay reglas específicas que haya que seguir a ojos cerrados para que las cosas vayan bien.

Todo, absolutamente todo puede transgredirse. Nadie murió cuando el Volao’ rompió los códigos frente a toda la sala de clases.

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