Editar y corregir: En búsqueda de la perfección

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Gabriel García Márquez, autor de “Cien años de soledad”, trabajando junto a su editor

Como editor, puede resultar muy frustrante cuando cometes un error, a pesar de ese dicho que dice que un editor (en calidad de corrector) debe minimizar los errores al máximo, y no hacerlos desaparecer en su totalidad. Esto resulta casi imposible si consideramos que en toda área errar es humano, lo cual no quiere decir que perdamos de vista ese ideal.

Los libros son probablemente el bien cultural más preciado desde que existe la civilización, por lo que trabajar en hacerlos lo mejor posible puede resultar un desafío profesional que roza las capas sensibles, las emociones más profundas de las personas que trabajan en este ámbito.

Al hacer un libro nos ponemos enteros en la tarea, por lo cual existen métodos para sobrellevar los proyectos sin vacilar. Una de las armas más efectivas para evitar los errores —y a la vez la más lógica— es revisar una y otra vez los textos que se convertirán en libros.

Atención plena en cada una de las etapas

Al contrario de lo que sucede en el diseño, cuando en ocasiones la imperfección es arte, en la edición no se pueden dar errores a nivel de contenido. Por ningún motivo, ya que los criterios son mucho más restrictivos.

¿En qué etapas debemos estar atentos para evitar un tropiezo? Desde que recibimos el original en bruto desde el autor, pasando por la corrección ortotipográfica, la corrección de estilo y el editing, la revisión de la maquetación y diagramación de parte del diseñador, las múltiples idas y vueltas entre este y el editor, hasta el proceso final de las pruebas de imprenta, quizás la última ocasión para ver el texto. Estas son algunas de las fases en que podemos revisar si quedan errores, más allá de la existencia de algunas intermedias cuya duración depende de cada proyecto.

El escritor español Ray Loriga decía al principio de su primera novela, titulada Lo peor de todo: “Lo peor de todo no son las horas perdidas, ni el tiempo por detrás ni por delante, lo peor son esos espantosos crucifijos hechos con pinzas para la ropa”. Para los editores, lo peor de todo, lo peor que puede suceder es dar gran parte de nuestro tiempo en libros que tendrán un tiraje de hasta tres mil ejemplares y que reproducirán una y otra vez un error ante nuestros ojos.

Perfección y obsesión

Los editores tienen fama de perfeccionistas. Entendiendo lo anterior, no es para menos. Cuando tu trabajo se desarrolla bajo estos cánones lo último que quieres es fallar. Por eso muchas veces somos capaces de revisar una y otra vez, literalmente y sin descanso, el mismo texto de contratapa. Mal que mal, este es el primero que se lee en una librería.

Resulta curioso cómo el ojo se va afinando a medida que se revisan textos. Un error que el público no notará puede ser la perdición para el corrector; su tarea es dejar impoluto el contenido, y si esto pasa será asediado por la autocrítica y la autoexigencia, porque en la fase en la que está trabajando es él quien conoce más profundamente lo que está corrigiendo.

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Esto constituye el pequeño aporte de la obsesión a esta labor no exenta de sentimientos. Ella siempre orbita alrededor de nuestra atmósfera de trabajo, así que lo mejor que podemos hacer es mantenerla a raya, sin que afecte nuestra programación.

Como en cualquier trabajo, la mejor estrategia es hacer un equilibrio entre el perfeccionismo, la obsesión y la gestión de nuestro tiempo. Un editor no puede adoptar el lujo de Jorge Luis Borges, quien tenía la fama de corregir una y otra vez sus sin duda maravillosos relatos. Pese a que muchas veces estamos a punto de hundirnos en estas arenas movedizas antes de dar por cerrado un libro, la tarea última es imprimirlo y darlo por fin como algo acabado.

Un libro no es un libro si no lo terminamos. El mítico “¡Se imprime!” nunca fue tan decisivo.

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