Todo lo que me hace vibrar viene con el idioma que me enseñó mi madre

Fotografía: La Cordillera de los Andes en Santiago de Chile fotografiada por Roberto Antezana

Por Vale González

Quiero comenzar este texto con la premisa de que hablar nunca fue mi fuerte y que otros idiomas jamás me interesaron. La única hora semanal que tuve a través de ocho años de escuela no me motivó a aprender inglés y la burla de mi profesora de francés a los 12 años por mi incapacidad de pronunciar correctamente “La Marseillaise” me convenció hasta el día de hoy que jamás aprenderé el idioma. Aparte de mi abuelo y sus dichos en latín e italiano y los cassettes en inglés de mi madre, jamás conocí a alguien que hablara otro idioma hasta que entré a la universidad.

A los diez años el inglés era el idioma de los Backstreet Boys y las Spice Girls, esas bandas que todos en el colegio imitaban y que yo seguía como forma de sentirme parte, mientras en secreto prefería escuchar a Shakira o la radio de música latina, porque no me hacía sentido esa melodía pegajosa si las palabras no me decían nada. Por más que la profesora de inglés intentara motivarnos a estudiar el idioma traduciéndonos las canciones, me parecían faltas de sentido y poesía, con metáforas simples y declaraciones de amor obvias y repetitivas.

El inglés y el estatus de los chilenos

Por el resto de los años escolares el inglés representaría el terror de hacer una obra de teatro o presentaciones delante de todo el colegio, así que lo catalogué como cosa de nerds que lo aprendían jugando videojuegos, y me negué a cualquier acercamiento con el idioma más allá de las interminables listas de verbos o ejercicios para completar que hacíamos en un libro por 30 minutos a la semana.

Al igual que un montón de cosas todo cambió cuando fui a la universidad. De la pequeña burbuja en la que vivía en mi pueblo, terminé en el centro del clasismo y arribismo chileno. Viviendo en una residencia Opus Dei, cursando mi pregrado en una Universidad de los Legionarios de Cristo, ahora el inglés era una forma de estatus. La mitad de mi clase lo hablaba fluido o lo había aprendido bien en el colegio. Un par hablaba francés, otro par alemán. Y yo, a pesar de los ocho años rellenando guías de oraciones, con suerte sabía pronunciar el verbo to be. En la casa que vivía las cosas no eran diferentes, constantemente la gente hablaba en anglicismos que yo no tenía mucha idea qué significan, de viajes al extranjero para aprender idiomas, de grupos en inglés que yo no había escuchado y que difícilmente podía pronunciar bien sin concentrarme.

Temprano entendí que el saber otros idiomas también era una forma de estatus, por lo que comencé a evitar a toda costa que se notara mi desconocimiento del mismo. Mentí descaradamente frente al conocimiento de algunas canciones, evité los karaokes con música en inglés y me aboqué laboriosamente al estudio del lenguaje en mis textos científicos, traduciendo interminables papers palabra por palabra hasta llegar a ser la mejor de mi clase en el ramo de inglés a pesar de que muchos lo hablaran de forma fluida.

Pero en ese curso no teníamos que hablar, todo era acerca de la compresión y lectura de textos científicos en idioma extranjero. Quizás convencida por la frase que tanto repetía la profesora, “hay un montón de información en inglés allá afuera a la que no podrán acceder si no saben el idioma”, por primera vez la curiosidad de aprehender esa realidad de mundos desconocidos escritos en otra lengua infundió en mí las ganas de aprender un nuevo idioma.

Entonces me puse a leer todos los textos científicos que encontraba en inglés, hasta un par de libros intenté leer. La eximición de mi curso de inglés en la universidad me dotó de confianza, tanto así que al salir escribí en mi CV “inglés intermedio” sin nunca haberlo hablado.

La escritura y la lectura mientras los idiomas siguen ahí

La timidez casi patológica que me embargaba al hablar mi propio idioma me hacía imposible pensar en la posibilidad de alguna vez tener que comunicarme en una lengua extranjera. En ese momento mi conocimiento del extranjero eran los libros que leía, la cuna de todos esos autores que devoré incansablemente en los viajes eternos en micro a la casa de mi novio, donde al llegar seguíamos hablando de los mismos, leyendo poemas, sumidos en un constante diálogo dramático, impostado quizás por tanta lectura y música.

En ese tiempo escribía mucho y hablaba poco. La escritura se volvió parte de mi identidad impulsada por la validación de mi novio y mi amiga que, muchas veces acostadas en la misma pieza, elaboraba extensas, agudas y amorosas respuestas y reflexiones a mis intrincados y autorreferentes post en el blog que escribía. Recuerdo largas juntas de viernes por la noche en donde me pasaba horas dibujando, rompiendo papelitos o trenzando el pelo de alguien mientras escuchaba a mi novio y amigos hablar. Luego me desvelaba la noche entera escribiendo cartas a él o a mi hermana, llenando hojas de mi diario o elaborando enormes post en el blog o en Fotolog, la red social de la época.

Parte de todo eso comenzó a diluirse cuando nos separamos con mi novio y un año más tarde viajé sola al extranjero.

Brasil, el habla y un verdadero idioma extranjero

Mi primer destino fue Brasil, motivada por un escapismo improvisado. Nunca pensé en que no sabía el idioma, pensaba que mi nivel intermedio de inglés me ayudaría. La increíble conexión que había construido trabajando con niños y adultos no verbales, sumada a mi timidez y la dictadura y control que sometía en mí el perfecto orador del que me había enamorado, me hacían despreciar aun más la comunicación verbal.

En Brasil mi falta de idioma no fue nunca un problema. No recuerdo un lugar donde pude ser feliz tan fácilmente y actuar tan auténtica, alejada por primera vez de todos los constructos y barreras que mi propio idioma había construido. La timidez de la cual me sentía presa había desaparecido. Bailaba en los clubs y besaba a todos los chicos que encontraba, ya no tenía miedo mientras contaba mis planes en un portuñol improvisado, sumándole palabras nuevas a mi español mientras mudaba un poco mi acento completamente influenciada por la tonada brasileña y el acento de mi nuevo amigo uruguayo. No tardé demasiado en asimilar el idioma y en un par de meses había leído dos libros, podía cantar en el idioma y me sentía lo suficientemente segura en esa realidad construida en una nueva lengua. No regresé a Chile luego de los dos meses previamente establecidos y seguí viajando, dejé de escribir, fascinada por este nuevo descubrimiento del lenguaje oral, mezclando palabras, acentos, construyéndome de nuevo en ese país dónde nadie me conocía.

Todos parecían respetarme, apreciarme, quererme solo por ser quien era, independiente de mi inglés escaso, de mi falso chileno carente de garabatos debido al estricto uso de lenguaje formal durante toda mi vida, de mi portuñol rápido y enredado.

Alemania, el silencio y el estatus del lenguaje oral

Grande fue mi desilusión cuando ocho meses más tarde decidí viajar a Europa y otra vez el lenguaje oral era medidor de respeto, de estatus. Entonces toda la seguridad construida se esfumó por completo, otra vez me refugié en la poesía, en libros antiguos, en interminables e-mails y entradas de blogs jamás publicadas. “Es una falta de respeto por los locales viajar al país sin saber el idioma”. “Pero has dicho que sabes inglés, ¿cómo es que no entiendes?”. Me parecía absurdo que el respeto se midiera en el par de palabras correctas que pudieran salir de mi boca. Como si el hablar como una niña de cinco años no tuviera validez alguna. Como si todos aquellos que no pueden hablar no fueran parte de esa sociedad. Me parecía difícil de entenderlo, principalmente porque en ese entonces había aprendido más de personas incapaces de pronunciar palabras y mis experiencias más significativas las había encontrado siempre en el silencio.

Mi incapacidad de hablar fluente otros idiomas abrió un abismo entre ellos y yo. Entre mi yo social y mi verdadero yo. Entre esa que era y la que quería ser. En mis ansias de conexión y la imposibilidad de expresarse.

Luego de descubrir el placer de la oralidad, eso fue lo primero que me hizo falta. Incapaz de actuar en las situaciones cotidianas: ir a comprar, preguntar la hora, pedir algo se volvieron tareas tan difíciles como cuando el temblor de mis piernas y el rojo de mi cara me impedían hacerlo en mi niñez y adolescencia.

El abismo se hacía insondable y luego de la oralidad, me empezaron a faltar las letras, se escaparon de mis dedos como si no escucharlas hicieran que se fueran borrando. Al cabo de unos meses, cuando todo lo que tenía para leer en español se había acabado, la compañía de ese mundo escrito en el que solía refugiarme también se perdió. Y entonces empecé a dudar de quién era. Una parte de mi identidad se perdió mientras mi día transcurría en inglés y el alemán fue tomando parte de mi lenguaje. Esa mezcla de idiomas, al contrario de lo que hizo el portuñol, no construían en mí una nueva identidad, si no que diluían la mía.

Aprendía a comprar en el supermercado, a hacer trámites, a leer las noticias, pero era incapaz de traducir mis sentimientos, mis deseos.

Emocionarse y maldecir, pero en español

Aprendí a pedir mi café en alemán, leo las noticias en inglés y alemán, consumo la mayoría del contenido digital y la música en inglés, aprendí a renovar mi visa y un número interminables de trámites en alemán, tomé clases de alemán, hablaba con mis flatmates en inglés, pero seguía emocionándome y maldiciendo en español y cuando el éxtasis, la pena o la rabia lo toman todo, es el español el que se toma también mi boca, independiente si mi interlocutor lo comprende o no.

Ahora, a casi cinco años de ese nuevo comienzo, no estoy segura quién soy en otros idiomas. Me comunico de manera segura en español, inglés y alemán, displicente de cualquier mirada que intente juzgar mi manera de pronunciar o la creación al azar de verbos y adjetivos. Sé portugués aunque no he vuelto a hablar más que cuando estoy borracha, amo el italiano y creo diálogos imaginarios en mi cabeza, con las pocas frases y palabras que manejo. Sé decir gracias en otro par de idiomas, pero sigo sintiendo, follando, maldiciendo y amando en español.

La oralidad ha vuelto a perder importancia en mí, exenta de la ansiedad de conectar a través de mis palabras disfruto el silencio en medio de conversaciones. Aunque ahora por fin podría hacer intervenciones, prefiero callarme y concentrarme en el sonido de las voces, en lo suave del pelo de alguien al igual que hace diez años cuando mis amigos hablaban de dialéctica, estética y poesía mientras yo me perdía en los rulos rojos de mi amiga. O quizás simplemente no puedo hablar cuando mis interlocutores se multiplican.

La mayor conexión la siento cuando miro a los ojos de mi perra, aunque ninguna de las dos hable el mismo idioma, y cuando encuentro un par de humanos capaces de mirarme a los ojos y hablarme emocionados. La escritura volvió a mis dedos a modo de terapia, conexión y poesía. De alguna manera la nueva construcción de mi identidad a través del lenguaje la sentía recuperada.

Pero la lectura se había convertido solo en un hábito que no quería abandonar y no en ese éxtasis de palabras en las que solía perderme. Los libros en inglés me llamaban por su trama, como quien mira la historia en una película, pero no logra emocionarse por los planos y fotografía. Los libros en alemán eran un constante descubrir nuevas palabras, nuevos verbos, borrando por completo el deleite de fluir letra por letra, página por página. Y los libros en español eran un bien escaso, normalmente terminados en un par de días. Hasta una semana atrás.

Cambiando los libros por un eReader con libros… en español

Hace una semana, decidida a dejar atrás la melancolía que siempre envolvieron las palabras, he comprado un eReader. Un libro sin olor, sin portada, sin colores. Un libro que no tiene peso y que podría fácilmente poner en el bolsillo grande de mi chaqueta. Un libro lleno de cientos, miles, millones de palabras en español. Un libro exento de todo romanticismo pero que me devolvió el placer de leer, devorándome dos libros en un fin de semana como quien casi ha muerto de hambre por ya demasiado tiempo. Saboreando las palabras, emocionándome, llorando de la risa y la pena con esa identificación cotidiana de una conexión que pensé olvidada. Saltando letra por letra gracias a la melodía y la métrica de las palabras perfectamente pronunciadas.

No sé quién soy en otro idioma, pero sí sé que escribo, siento, follo y leo en español. En castellano. Nunca me siento más viva que cuando hablo castellano. Todo lo que me hace vibrar viene con el idioma que me enseñó mi madre. Y al igual que los textos que leía en la universidad en inglés, leer en otro idioma es lo que más me motiva de ese otro mundo. La posibilidad de entender la realidad en esas otras palabras, aunque sea incapaz de pronunciarlas, aunque mi acento denote que esas palabras jamás serán mías.

La oralidad no me importa, o me rebelo frente a la tiranía de la comunicación hablada como el método más efectivo y válido. En una sociedad, a mis ojos completamente injusta, construida a través de la interacción verbal, donde las palabras se utilizan para someter a unos y ensalzar a otros, donde el que habla más y más fuerte es más respetado, donde mirarse a los ojos en silencio o estar juntos sin decir nada parece una pérdida de tiempo o algo demasiado raro, yo me reflejo en la mirada con la boca cerrada, en el dibujo del lenguaje, en el sumergirme en el sonido de otras letras, de otras voces, otro tonos, aunque mi lengua sea incapaz de materializarlas y repetirlas.


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