Por: Salma Chaibi Menkali
Corría el año 1888 cuando el joven sueco Ludwig Nobel fallece durante su estancia de verano en Cannes. Por estas vicisitudes que tiene la vida, un diario francés, en lugar de hacer pública la muerte de Ludwig, anunció el fallecimiento de su hermano Alfred, mundialmente conocido por la invención de la dinamita. “El mercader de la muerte ha muerto” citaban los periódicos de toda Europa y, más pronto que tarde, la noticia llegó a oídos del químico sueco.
Charles Dickens señaló alguna vez: “La fama es la amada de todo corazón humano”. Y Alfred, como si conociera al dedillo los fundamentos de esta frase y tras leer su propio obituario, no pudo evitar pensar en cómo sería recordado su legado.
Esta suerte de confusión condujo al sueco a modificar su testamento para invertir toda su fortuna en unos premios que hicieran olvidar al mundo sus descubrimientos: los premios Nobel.
La controversia
Actualmente, muy pocos conocen el origen de los premios, pero muchos esperan cada año la anunciación de los ganadores de cada categoría (física, química, medicina, literatura, paz y economía).
Entre los adeptos a la literatura, el ganador siempre ha generado controversia y exacerbadas reacciones, no por el premiado en cuestión, de quien no se duda de su mérito y calidad —o, por lo menos, no siempre—, sino por la ausencia de premiación a esos nombres que siguen circulando año tras año como posibles candidatos sin nunca alcanzar el Olimpo de los elegidos: Haruki Murakami, quien despierta admiración en el resto del mundo y animadversión en su Japón natal; Ngugi Wa Thiong’o, escritor keniano cuya obra queda marcada por la independencia del país del Imperio británico; Margaret Atwood, quien ha conducido la utopía y la distopía a nuevas fronteras; Ali Ahmad Said Esber, quien escribe bajo el pseudónimo de Adonis; Anne Carson, quien consigue fusionar su formación clásica en la modernidad; Michel Houellebecq, cuya acerada crítica social levanta revuelo en cada entrega; y un largo etcétera.
Mientras escritores como Sastre rechazaron el premio por cuestiones filosóficas y otros como García Márquez lo aceptaron en nombre de “la soledad de América Latina”, pareciera que hay algunos que nunca rozarán el premio ni bajo su nombre ni el de otros. Javier Marías, otro de los nombres que resuenan en las rifas todos los años, comenzó su discurso de ingreso a la Real Academia Española con la siguiente línea: “No sé cuál es el criterio que los lleva a ustedes a admitir en el seno de su digna institución a algunos novelistas”.
Y, si echamos un ojo a los ganadores de tal honor y a los que no lo han sido nunca, uno puede preguntarse qué hace a un escritor merecedor del premio, por qué solo hay dieciséis ganadoras frente a los ciento un ganadores, dónde queda el continente africano y asiático en contraposición al americano y europeo.
El próximo diez de octubre se celebrará una nueva edición de los premios Nobel. ¿Dejarán de ser nombres debatidos entre los lectores durante el café de las tres para ser nombrados por la Academia o seguirán perteneciendo a este eterno Olimpo de los que nunca fueron? Hagamos apuestas.

